JUAN EL BAUTISTA, EL PROFETA QUE ABRE CAMINO AL ARREPENTIMIENTO.

 


El conjunto arqueológico situado en la orilla oriental del río Jordán, muy cerca de la ciudad de Jericó y a unos 9 kilómetros al norte del Mar Muerto, lugar donde confluye sus aguas, es de inmensa importancia para el cristianismo de hoy; toda vez que, es reconocido como el sitio donde Jesús de Nazaret fue bautizado por Juan el Bautista. Durante mucho tiempo se ha discutido si este acontecimiento bíblico pudo haber ocurrido en este lugar o no, pero los análisis de las fuentes bíblicas e históricas, así como las investigaciones arqueológicas, sustentan la ubicación.  

El apóstol Juan en el versículo 28 del capítulo uno de su evangelio, nos revela el lugar exacto donde predicaba Juan el bautista; mencionando un poblado localizado a orillas del rio Jordán denominado “Betábara”, al cual llamaban los pobladores de la región, “la Betania del otro lado del Jordán”. Esta población se localizaba a unos 15 kilómetros de Jerusalén en el margen oriental del rio Jordán, en la provincia de Perea donde gobernaba Herodes Antipas para ese tiempo. Igualmente, existía la Betania cerca del monte de los Olivos, a unos 3 kilómetros de Jerusalén; allí vivían Martha y María, hermanas de Lázaro, a quien Jesús resucitó después de tres días de estar muerto.
 
Betábara o Betania al otro lado del Jordán, era llamada también el lugar de las barcas”; y se llamaba así, por el movimiento de embarcaciones que había en la zona; ya que era uno de los sitios usados por la gente para cruzar el río de una orilla a la otra, o de una frontera a otra entre las provincias de Judea y Perea; y era utilizada a través de la antigua carretera comercial que comunicaba esta población de Betábara o Betania, con Jericó y Jerusalén, siendo interrumpida por el rio Jordán.
 
Este lugar fue sin duda el centro de operación más utilizado por Juan para predicar y bautizar; ya que día a día llegaba al lugar un gran número de viajeros y comerciantes con sus productos y mercancías que buscaban cruzar el río a través de las balsas. En los versículos 10 y 11 del capítulo 3 del evangelio de Lucas, podemos discernir fácilmente que Juan el bautista aprovechaba el nutrido tráfico de negociantes ricos para apelar a sus conciencias e invitarlos a la solidaridad. También allí, por tratarse del límite de frontera, había cobradores de impuestos al frente de sus aduanas; a quienes Juan aconsejaba no exigir dinero de más, comprobados en los versículos 12 y 13. Y no faltaban los soldados que vigilaban dicha frontera, a quienes los exhortaba a no enriquecerse en sus acciones militares (Lucas 3:14-15).
 
Por otro lado, muchos judíos pasaban por ese lugar y buscaban escucharlo, pero otros, por el simple hecho de ser judíos e hijos de Abraham, ya se sentían salvados. Pero Juan, señalaba las piedras de alrededor, y les acusaba: “Raza de víboras, conviértanse. No anden diciendo: “Somos hijos de Abraham”, porque les aseguro que Dios puede sacar de estas piedras hijos de Abraham” (Lucas 3:7-9). Ni siquiera el propio gobernador de la región, Herodes Antipas, se salvó de las críticas de Juan el Bautista, motivado por el matrimonio con Herodías, la mujer de su hermano (Lucas 3:19-20).
 
No es casualidad que Juan el Bautista escogiera este sitio solo por el gran tránsito de persona; sino también por los recuerdos bíblicos que estaban grabados en la mente de todos los judíos. A tal punto que, en tiempos de Jesús, la idea de “desierto” y de “cruzar el río Jordán”, evocaban casi de forma inmediata los eventos fundantes del pueblo de Israel en el Éxodo; toda vez que, en ese mismo punto y muchos siglos atrás, el pueblo de Dios liderados por Josué, cruzó el rio Jordán con el arca de la alianza en hombros, para la conquista de la tierra prometida.  Y así, transportando a la gente hasta el marco geográfico de los antiguos recuerdos, el bautista pretendía colocar de nuevo a sus oyentes en aquella primitiva situación histórica.
 
De este modo, Juan ya tenía medio sermón predicado. Con la escogencia del lugar, les daba a entender a los judíos que en tiempos de Josué, sus abuelos habían cruzado ese mismo río por ese mismo punto; el cual, llenos de ilusión buscando la felicidad de una nueva vida. Vida que nunca pudieron conseguir, porque una vez instalados en la tierra prometida, habían vuelto a descarriarse y pecar contra Dios.  Pero la historia no tenía por qué seguir así; ahora era el turno de ellos, y Dios les ofrecía una nueva oportunidad. Allí estaba otra vez en el desierto, en el mismo sitio de Josué, más allá del Jordán; listos para repetir la antigua gesta, y entrar en la salvación, siempre al alcance de todos. Era como si Juan hiciera retroceder el tiempo y permitiera a su auditorio ubicarse de nuevo en la etapa anterior a la tenencia de la Tierra Prometida.
 
Una muchedumbre se dio cita junto al río Jordán para oír a un nuevo profeta; el lugar donde predicaba, era célebre por haber sido el escenario de la conquista de la Tierra prometida por parte del pueblo de Israel. Pero las multitudes no iban a conmemorar ese hecho. Iban a ver a un hombre competente quien les garantizaba la oportunidad de repetir en sus vidas aquella epopeya extraordinaria.
 
Juan había inventado una metodología capaz de transformar un hecho histórico en un acontecimiento actual; un suceso del pasado en una realidad presente, revivida con un sentido nuevo. La manera como Juan predicaba se fundamentaba en cuatro criterios esbozados por Moisés así: Les hacía ver los errores de su vida pasada (Mateo 3:7). Los invitaba a arrepentirse y cambiar de vida (Mateo 3:8). Les advertía de un castigo divino que caería sobre quienes no se convirtieran (Mateo 3:10). Les anunciaba la llegada de alguien, detrás de él, que vendría para hacer cumplir la Palabra de Dios (Mateo 3:11).
 
Cuando Juan terminaba de hablar y el espectador se comprometía a cambiar de vida, los invitaba a bautizarse en el río como una señal de aceptación para “cruzar” la frontera de una nueva existencia; y luego los enviaba a sus hogares a aguardar el gran cambio que iba a producirse a través de ellos (Mateo 3:12).
 
Para el bautismo, sumergía en las aguas del Jordán a los que habían creído en su palabra; el cual les echaba agua en la cabeza y luego la hacía salir. Era una práctica insólita, nunca antes vista ni realizada por nadie que pasó a llamarse “bautismo”. En el antiguo Oriente, las abluciones (es decir, las ceremonias de purificación con agua), eran comunes y frecuentes. Se practicaban desde hace muchos siglos cuando Moisés ordenado lavarse las manos (Levítico 15:11), los pies (Éxodo 30:19), y el cuerpo (Levítico 15:10), como una manera de renovarse. Fue así, que cuando en el siglo VI a.C., el pueblo de Israel fue llevado cautivo al exilio de Babilonia, Dios le hizo una conmovedora promesa al profeta Ezequiel: “Los traeré de nuevo a su patria, los rociaré con agua limpia y quedarán purificados de todas sus inmundicias; les daré un corazón nuevo y un espíritu nuevo” (Ezequiel 36: 24-26).
 
Siglos más tarde al anterior hecho mencionado, los judíos atravesaron una crisis religiosa y espiritual muy grande. Se sentían lejos de Dios, con poca fe, sin entusiasmo religioso y con la esperanza por el suelo. Entonces, como un modo de cumplir aquella lejana profecía de Ezequiel, empezaron a multiplicar de manera sorprendente los lavados rituales y las abluciones voluntarias. A esto contribuyo el hecho de que la gente, asqueada por la corrupción de los sacerdotes de Jerusalén, cada vez confiaban menos en las ceremonias del Templo donde buscaban la limpieza interior. Preferían realizar sus formas de purificación dejando las peregrinaciones al Templo para las grandes ocasiones. Para satisfacer esta necesidad de lavarse, empezaron a construirse pequeños estanques o piscinas, llamada en hebreo “miqvol”, tanto en casas de familia como en lugares públicos. En ellas no solo se sumergían los judíos, sino que también introducían los diversos objetos que utilizaban.
 
En medio de esta situación apareció Juan el Bautista ofreciendo su bautismo. Sin embargo, su propuesta era original. En primer lugar, mientras en los demás casos cada uno se bañaba a sí mismo, en el de Juan era él quien sumergía a la gente en el agua. Hasta su aparición, no se conoce caso alguno, ni en el judaísmo ni en ningún ambiente religioso, de alguien que haya bautizado a otra persona. Las purificaciones eran siempre personales y el interesado se lavaba sin necesidad de un colaborador. Pero con Juan, él se reservaba la función de introducir al creyente bajo el agua. Fue el primero en realizar esta práctica. Así se explica que la gente le pusiera el sobrenombre de “el Bautista”, es decir, “el inmersor”, y que a la ceremonia se la calificara como “bautismo de Juan” (Hechos 19:3).

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