LA REEDIFICACIÓN DEL TABERNÁCULO CAIDO DE DAVID















Por: Jesús Ramírez del Valle. 

Para el tiempo del ministerio de Jesús, la desolación espiritual del pueblo de Israel era bastante grande. Por un lado, diez de las doce tribus siglos antes, fueron esparcidas a todas las naciones gentiles de la tierra; permaneciendo perdidas en la dispersión sin lunas nuevas, sin días de reposo y sin fiestas solemnes (Oseas 2:11). Por el otro lado, el resto de las tribus que permanecían en Judea, estaban divididas a consecuencia del dominio griego que introdujo su cultura y sus costumbres gentiles al judaísmo, conformándose dos bandos: Los judíos helenizados y los judíos tradicionales. Estos últimos conservaban la aplicación de las leyes sagradas, pero con grandes cambios de interpretación bajo un imperio helenístico o griego, y posteriormente romano.   

Es de saber que, la presencia en la tierra del Mesías para esos tiempos, representaba el cumplimiento del pacto que hizo el Eterno con David, hacía ya muchos siglos. 

2 Samuel 7:11-13. “…Asi mismo Jehová te hace saber que ÉL TE HARÁ CASA. y cuando tus días sean cumplidos, y duermas con tus padres, yo LEVANTARÉ DESPUÉS DE TI A UNO DE TU LINAJE, el cual procederá de tus entrañas, y afirmaré su reino”. él edificará casa a mi nombre, Y YO AFIRMARÉ PARA SIEMPRE EL TRONO DE SU REINO.

Al darle interpretación a los anteriores versículos, podemos errar al pensar que el linaje que procedería de las entrañas de David, apuntaba a su hijo Salomón quien edificó casa al Eterno durante su reinado. Pero si discernimos el mensaje, podemos ver que el linaje prometido va mucho más allá de la vida de David y de los reyes que lo sucedieron. Igualmente, por el contexto que nos revela la biblia, podemos concluir que la casa que prometió el Eterno a David, no era físicamente de material, sino espiritual al haber conformado una congregación de creyentes para dejarlo a su cargo, nombrándolo príncipe sobre todo Israel (2 Samuel 7:8). Es decir, la nueva casa o morada de David, sería la conformación de un tabernáculo al que unificaría a las doce tribus en un solo reino o en una sola casa bajo un solo techo. 

No pasó mucho tiempo de conformarse el tabernáculo en mención, cuando ya para finales del reinado de Salomón, este gobernante transgredió la ley del Eterno; el cual generó la división del reino unificado en dos casas o reinos; pero con el pasar de los años la rebeldía cada vez era mayor.      

Jeremías 5:11-12.Porque resueltamente se rebelaron contra mí LA CASA DE ISRAEL Y LA CASA DE JUDÁ, dice Jehová. Negaron a Jehová, y dijeron: Él no es, y no vendrá mal sobre nosotros, ni veremos espada ni hambre”. 

Esta rebeldía ocasionó en primera medida, que la casa de Israel conformada por diez tribus, fuera dispersada hacia las naciones gentiles de la tierra para nunca más volver; perdiendo toda identidad de pueblo santo. Seguidamente le tocó el turno a la casa de Judá conformada por dos tribus y los sacerdotes levitas; quien igualmente fueron exiliado a Babilonia y destruida su ciudad santa; permitiendo el Eterno que, esta casa pudiera regresar a reconstruir Jerusalén para cumplir con un tiempo determinado (Daniel 9:24), que daría continuidad espiritual entre el reinado de David y el reinado del Mesías prometido; siendo este último, quien vendría a la tierra a dar cumplimiento al pacto; siendo profetizada por Amós así:     

Amós 9:11. En aquel día yo levantaré EL TABERNÁCULO CAÍDO DE DAVID, y cerraré sus portillos y levantaré sus ruinas, y lo edificaré como en el tiempo pasado; para que aquellos sobre los cuales es invocado mi nombre posean el resto de Edom, y a todas las naciones, dice Jehová que hace esto.

La interpretación del anterior versículo se puede discernir a través de la profecía que el Eterno revelo a Ezequiel, así.

Ezequiel 37:21-22. y les dirás: Así ha dicho Jehová el Señor: He aquí, YO TOMO A LOS HIJOS DE ISRAEL DE ENTRE LAS NACIONES a las cuales fueron, y los recogeré de todas partes, y los traeré a su tierra; Y LOS HARÉ UNA NACIÓN EN LA TIERRA, en los montes de Israel, Y UN REY SERÁ A TODOS ELLOS POR REY; y nunca más serán dos naciones, ni nunca más serán divididos en dos reinos.

El mensaje del profeta Amós, obedece al cumplimiento de la promesa divina revelada al profeta Natán para ser llevada a oídos de David, y así mismo a los del pueblo de Israel (2 Samuel 7:11-13); por lo tanto, al ser revelado al profeta Ezequiel la reedificación del tabernáculo caído de David, significaba que las doce tribus volverían a ser un solo reino como antes lo fue; pero, para que esto sucediera, tendría que darse a conocer nuevamente la ley a las nuevas generaciones; toda vez que “la dispersión generó un reseteo en la memoria de estas tribus” (Oseas 2:11); pero esta vez, no sería escrita en tablas de piedra, sino en el corazón de los hombres (Jeremías 31:33). Igualmente, no sería revelada la Palabra a ningún profeta para ser llevada a oídos de las nuevas generaciones; sino que el Eterno personalmente se las entregaría encarnándose en el vientre de Su mismo pueblo Israel para hacerse “Hijo de hombre”; y morar entre los hombres para anunciar el evangelio del arrepentimiento. La evidencia que la Palabra del Eterno se hizo carne, nos la revela el apóstol Juan así.   

Juan 1:14. “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad”.    

En la Escritura hebrea la expresión “el verbo” se homologa a la expresión “la Palabra”; y esta última es utilizada en la traducción de algunas versiones de la biblia. En resumida, el apóstol Juan nos revela que el Eterno afirma Su voluntad de morar entre los hombres; pero esta vez, no detrás de un velo ni Su palabra guardada dentro de un cofre enchapado en oro, sino hecha carne para convertirse en el Mesías Rey prometido que brindaría aposentos a las doce tribus de Israel dentro de un “tabernáculo espiritual”. Fue ese motivo por el que el Mesías revelaba a sus discípulos, que Su Padre o Su estado espiritual, les preparaba aposento.      

Juan 14:2-3. EN LA CASA DE MI PADRE MUCHAS MORADAS HAY; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, A PREPARAR LUGAR PARA VOSOTROS.  Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis.   

Los anteriores versículos nos llevan al siguiente interrogante, ¿cómo ganaremos lugar o morada en el tabernáculo para cuando el Mesías vuelva?

Para dar respuesta a este interrogante, tenemos que identificar los dos evangelios que nos muestran las escrituras del nuevo testamento. El primero, es la advertencia de arrepentimiento que el Mesías anunciaba durante el tiempo de Su ministerio (Mateo 4:17). Por lo tanto, el mensaje se daba a través del conocimiento de la ley; porque el que no conocía la ley del Eterno, no tenía forma de conocer el pecado (Romanos 7:7), y el que no conocía el pecado ¿de qué se iba a arrepentir? Por lo tanto “LA LEY A LA VERDAD ES SANTA, y el mandamiento santo, justo y bueno” (Romanos 7:12). Pero había una dificultad, que la ley por sí sola no salva; y es allí donde entra el segundo evangelio; toda vez que la Palabra del Eterno a través de la ley enseña el camino a la santidad; pero era necesario que esa Palabra hecha carne padeciese, toda vez que “sin derramamiento de sangre no hay remisión o perdón de pecados” (hebreos 9:22); y era necesario que el mundo lo conociera como testimonio de fe. Por lo tanto, el Mesías antes de ascender al cielo, ordenó a Sus discípulos que se predicase en Su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecado (Lucas 24:46-47). 

Con lo anterior, nos haría falta un componente importante; y es el de recibir la gracia del Eterno a través de Su resurrección. Creer simplemente que el Mesías resucitó de entre los muertos y no estar en santidad, no nos da la seguridad que resucitemos para salvación, sino para condenación. 

Juan 5:29. No os maravilléis de esto; porque vendrá la hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; Y LOS QUE HICIERON LO BUENO, SALDRÁN A RESURRECCIÓN DE VIDA; más los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación.

Lo más importante de estar en santidad, es no olvidarnos de lo más importante de la ley, que es: LA JUSTICIA, LA MISERICORDIA Y LA FE (Mateo 23:23). Cuando practicamos estas tres acciones de la ley, la influencia divina se siente en nuestros corazones; y es precisamente ese sentimiento lo que se llama “gracia”; y se logra, por el favor del Eterno en añadir la ley a nuestras vidas. 

Por lo tanto, todo aquel que cree en el Mesías fielmente, tendrá vida eterna. 

Juan 1:25-26. Le dijo Jesús: yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y TODO AQUEL QUE VIVE Y CREE EN MÍ, NO MORIRÁ ETERNAMENTE.

¿CREES ESTO?

 

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